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lDepartamento de Lengua: Alumnos

Se han dado a conocer los premios a los alumnos que participaron en las diferentes actividades programadas con motivo de la Fiesta de Todos los Santos durane el mes de noviembre:

El primer premio otorgado por los alumnos del centro al mural más creativo ha sido para los siguientes alumnos: Natalia Ruíz  Abril. Inés Marlaque Gonzalvo, Inán  Sanrimán Salvador y Olivia Kaczmarska Gora. Todos de 2ªE.

El premio al mejor relato, votado por los profesores de Lengua,  ha recaído en la alumna      Leyre Gonzalo Marín                                             de 3º Diversificación, relato  titulado “Lo que  no ves”.

Han sido premiados también los mejores accesorios de disfraz, teniendo en cuenta la creatividad y originalidad.

Todos los alumnos premiados recogerán unos pequeños obsequios junto con un diploma a cada uno, caligrafiados por el profesor de Historia Enrique Villuendas.

 

Lo que no ves.

 

Aún se mantiene vivo el recuerdo de aquellos años que no disfruté de mi hijo.

Mi niño era ciego, nació con un problema visual, ya por mucho que los médicos intentaran arreglarlo, todo fue en vano. Se llamaba Alec.

Vivíamos en el centro de Paris, y éramos gente adinerada, para que engañarnos. Pero todo debido a nuestro esfuerzo y nuestro empeño en sacar adelante nuestros sueños.

Acabábamos de mudarnos a una lujoso palacete de la época victoriana. Viejo y destartalado, en el cual, sólo parecía que las paredes te observarán, los cuadros te espiaran, y el desván te llamase. Se respiraba un ambiente de suspense en cada rincón del viejo palacio.

Lo restauramos como pudimos, y quedó impecable. Aunque el miedo que producía, no pudimos eliminarlo.

Restauramos cada esquina, menos el desván. Era la peor parte del palacio, y a veces, cuándo todo estaba silencio, parecía que te llamara. Era como si una fuerza sobrehumana, te atrajera hasta él.

Alguna que otra vez había sorprendido a mi mujer sonámbula, dirigiéndose hacia él.

Cosas extrañas, que por entonces ignorábamos, sucedían entre aquellas paredes.

Sin darle más importancia, hicimos nuestra vida, nos casamos, y decidimos tener un bebé.

Los primeros años de vida del niño transcurrieron con dificultad, es complicado cuidar a un bebé con esa deficiencia visual.

Mi mujer, lo llevó fatal, no lo quería. Tenia crisis de ansiedad, y no tenía las mismas ganas que durante el embarazo.

Así que contratamos a una niñera, nosotros teníamos que trabajar, y viajábamos constantemente. La niñera era joven, tenía unos 18, y se ocupaba todo el día del bebé.

Se llamaba Arianna, y tenía mucha experiencia, pues había criado a sus dos hermanas pequeñas desde que nacieron. Su madre tenia problemas de salud graves, y al dar a luz a la más pequeña, murió. Arianna estaba muy unida a su madre, y se entregó en cuerpo y alma a cuidar a sus hermanas.

A mi niño, lo cuidó desde los dos meses. Yo creo que lo quería como si fuera suyo, incluso más.

Tanto, que nos suplicó que le dejáramos dormir en el cuarto que teníamos reservado para el servicio. Y le dejamos que viviera en la casa.

La muchacha se mudó con nosotros, se le veía feliz, y Alec le quería.

Mi mujer se desentendió casi al completo, y eso a mi no me gustaba nada, era nuestro hijo, y como padres teníamos un deber.

Arianna jugaba con él, y le estimulaba los demás sentidos. Con ella dijo sus primeras palabras, le enseño a caminar.. Siempre que cogía un simple resfriado, era la que más se preocupaba, y no dormía por la noches hasta que no estuviera completamente sano.

Pasaron dos años y medio, y los dos se querían con locura.

Arianna estaba rarísima últimamente. No quería comer, apenas dormía.. Estaba por y para Alec. Mi mujer la había descubierto husmeando alguna que otra noche en la puerta del desván.

No nos preocupamos en exceso, aunque esa inquietud que ella mostraba, no llegábamos a entenderla.

Un día, durante la comida, mi mujer y  yo quisimos tratar el tema. Y ella nos habló acerca de unos sueños.

Nos contó que había “algo” en el desván. La joven no paraba de temblar.

Nos dijo que iban a por ella, y lo que temíamos escuchar:

A por nuestro pequeño.

Decía que no eran personas, que estaban muertos, o sea, que eran espíritus, fantasmas de otras épocas que habían habitado el palacio.

Nosotros la tomamos por loca, y le gritamos que se callara, que dejara de blasfemar sobre cosas que no tenían gracia. Le amenazamos con despedirla, y calló.

Su nerviosismo e intranquilidad, venían de hace un par de meses.

Hasta que  ocurrió la fatalidad..

Eran las tres de la madrugada, y escuchamos un horrible grito, era escalofriante. Procedía del desván.

Arianna subió al desván, no abierto desde hacia décadas, ya que a mi y a mi mujer, nos daba bastante miedo aquel lúgubre y siniestro desván.

 Nadie encontraba explicación a lo que le pudo suceder a la pobre Arianna aquella noche fría y húmeda del cuatro de enero.

En el informe del forense ponía que había muerto por asfixia. Y es que, Arianna se había ahorcado. Pero.. ¿qué le llevo a cometer tal acto?, ¿a que se debía ese escalofriante y angustioso grito?

 Tampoco encontraron respuesta a aquello.

 En el aire aún se palpaba el misterio, y casi se podían oír los llantos de la niñera.

Aquel horrible y tenebroso desván, fue cerrado para siempre.

Fue un duro golpe para nosotros aquella muerte.. Aunque apenas la veíamos, pero era la persona que se encargaba de nuestro pequeño. Mi mujer se dio cuenta entonces del error que había cometido al dejar a su bebé en manos ajenas.

Era su madre, y Alec ni siquiera la conocía.

No nos quedó más remedio que contratar a otra niñera, aunque mi mujer insistía en no separarse del pequeño. Se resistía a volver a abandonarlo.

Al final llegó la nueva niñera, Lèa. A Alec le costó acostumbrarse a su nueva niñera, pero cada vez estaba más cómodo en brazos de su madre.

Decidimos no dejar que Lèa se quedara a vivir en nuestra casa, bajo ninguna circunstancia.

Día a día, Alec iba olvidando a su madre postiza, Arianna.

Lèa se comportaba de forma diferente estos últimos días. Se le veía más cansada, y muy protectora con Alec.

A los días, Lèa nos llamó al trabajo histérica, llorando, y suplicándole a nuestro agente, que fuéramos a casa. Se trataba de Alec.
Fuimos corriendo a casa, no entendíamos nada.

Oímos llorar a Alec arriba, y Lèa nos esperaba en la entrada, estaba en estado de shock, y no conseguía articular palabra.

La casa estaba a oscuras, y fuera llovía, Lèa intentaba explicar que había habido un fallo en la corriente eléctrica de la casa, que nosotros intentando calmarla, alegamos a la tormenta.

Ella nos dijo en voz baja y entre sollozos:

-No lo entienden, ella está aquí. Me avisaba en sueños, y yo no le creía.. No le creía, no puede ser… Va a quitarnos al pequeño.. Se lo va a llevar.. ¡Se lo va a llevar!

Mi mujer echó a correr hacia el cuarto de Alec, yo le seguí torpemente entre objetos que parecían haber sido lanzados por la escalera principal.

Al abrir la puerta del dormitorio, Alec se calló.

Mi mujer corrió hacia la camita, y abrazó al niño. Este le devolvió el abrazo, y acarició el pelo de su madre. Entonces volvió la luz. Bajamos junto con Alec al salón principal. Lèa estaba tal y como la habíamos dejado al subir.

Mi mujer se precipitó en la decisión que tomó, pero el ambiente en aquel momento estaba bastante caldeado.

-Despedida. – dijo en tono seco mi mujer.

Lèa se fue sin mediar palabra, y Alec rió. Nunca lo había visto así.

Fue una sonrisa malvada.. Y más aún para un niño de 3 años.

El niño con los ojitos cerrados como siempre, miró hacia la puerta, y se echó a reír a carcajadas. Su madre y yo nos miramos con confusos, y vi en su rostro, el mismo desconcierto que debía de mostrar el mío.

Dejamos a Alec en el parquecito y empezamos a recoger el estropicio que, aparentemente, había armado Lèa.

Llamamos a nuestro agente, y le tranquilizamos. Le explicamos que teníamos que buscar una nueva niñera, y debíamos suspender los viajes programados.

Nuestro agente lo entendió, y nos dio un par de números de niñeras.

Las noches siguientes escuchábamos por las noches reír a Alec.

Incluso nos pareció oír una nana. Mi mujer se levantaba, y Alec dejaba de reír, y empezaba a llorar. Entonces con ternura, se intentaba acercar a nuestro hijo, pero este se ponía a gritar, y hasta que mi mujer no salía del cuarto no paraba.

Desde la marcha de Lèa, no habían cesado tampoco los ruidos en aquel horrible desván. Se oía música de otras épocas. También una nana en otro idioma, como francés antiguo, que aún hoy no sé traducir. A veces, pequeños susurros que se quedaban en suplicas, y otras se oían romper vajillas. A veces simplemente, se escuchaban pasos, o el abrir y cerrar de la puerta del desván, la cual tenía llave.

Durante el día, Alec se comportaba de forma normal, jugaba, hablaba con nosotros, y pasábamos tiempo en familia. Pero por las noches.. Algo ocurría.

Se lo comentamos a una psicóloga familiar, tenía mucho prestigio en Paris.

Se llamaba:

Amelina Bruxelles.

Simplemente nos cobró una barbaridad, y nos tomó por locos.

Una noche, todo estaba tranquilo. Y mi mujer y yo nos extrañamos mucho.

Así que fuimos al cuarto de Alec.

El pasillo central era angosto y muy largo, aquella noche de Octubre, hacía frío, y los radiadores estaban estropeados. Había poca visibilidad, y las lámparas parpadeaban al paso de mi mujer. Decidió coger fósforos y un candelabro, para poder ver mejor.

Yo había bajado al gran salón, a buscar unos archivos en el ordenador. Aquel inmenso y hermoso salón, donde antaño se habrían celebrado grandes fiestas de disfraces, con todo tipo de lujos, y gente bailando el minué. Hermosas damas, con grandes y blancas pelucas, insinuándose a caballeros, tremendamente ricos, con elegantes trajes tomando dulces, y dejándose llevar por la melodiosa música de la época.

Me perdí en aquellos pensamientos,  ignorando lo que podría estar sucediendo arriba.

Y entonces lo escuché.

Un grito que parecía salido de la mismísima boca del demonio.

Sonaba grave, y alto, muy alto en comparación con el de mi mujer. Tenía la voz áspera, y le costaba explicarse. Subí las largas escaleras principales y la ví.

Era Arianna.

Tenia la cara blanca, era casi translúcida, y esos ojos.. Negros, impenetrables.

Seguía poseyendo la misma melena negra y larga. Pero en su cara ya no se veía a una niña dulce, y bella. Si no a un monstruo, como poseída.

Me fije que sus pies no tocaban el suelo, y se movía con agilidad.

Sostenía a mi mujer por el pelo, y no paraba de gritar con una voz áspera y quebrada:

-Es mío. Me pertenece. Es mío…- Gritaba.

Su voz era tan grave, que parecía que hablaba el mismo demonio.

Entonces me vio, tiró a mi mujer a un lado, y se llevo al pequeño al desván. No necesito llave alguna, pues con un destello, la atravesó junto con Alec.

Recogí a mi mujer que yacía en el suelo, nos abrazamos y con la poca valentía que nos quedaba, nos dirigimos al otro extremo del palacete, a la puerta del desván.

Las luces del largo y angosto pasillo parpadeaban, a nuestro paso, las bombillas explotaban haciendo pequeños cristalitos que inundaban nuestros cuerpos. El pasillo estaba lleno de antiguos y grandes cuadros de pintores célebres. También había unas anchas y largas cortinas de seda y terciopelo, que tapaban los enormes ventanales, ya que carecían de las modernas persianas. Los personajes del cuadro parecían seguir con la mirada cada uno de nuestros movimientos.

Por fin llegamos al desván, sacamos las tropecientas mil llaves de la casa, y dimos con la indicada.

Mi mujer empezó a rezar, aún sin saber hacerlo.

Yo me dispuse a introducir la llave en la ranura, cuando la puerta, de abrió de golpe.

Escuchamos a Alec decir:

-¿Papá? ¿Mam..

Y acto seguido algo le hizo callar.

Cogí a mi mujer de la mano, y le ayudé a subir las escaleras de madera que conducían al interior del desván.

Y cuando ya subimos, se cerró la pequeña puertecilla blanca de un portazo, y se encendieron las luces del desván, dejando al descubierto, una macabra historia, que venía de hace siglos.

El desván era inmenso, era de madera, olía a podredumbre.

Arianna andaba hacia una zona que era invisible a nuestros ojos, así que la seguimos.

Mi mujer y yo quedamos horrorizados ante tal escena.

Ahí, había personas disecadas,  títeres humanos, personas con almas. Almas condenadas a vivir por toda la eternidad entre esas paredes.

Había un hombre con una malformación ósea, dos siameses  unidos por el cráneo, una mujer con tres brazos y cuatro piernas…

 Aquellas personas, habían sido asesinadas con un fin, y una vez muertas, sus almas estaban condenadas a seguir asesinando.

Ahora comprendían por qué Arianna protegía tanto a su pequeño, por que no lo dejaba solo ni un momento.

Porque los espíritus de esos pobres seres, iban a llevárselo, iban a quitarle la vida, como anteriormente hicieron con ellos, por ser ciego.

Aunque nosotros lo ignorásemos, Arianna había sido operada, ella no tenía brazo, y ahora tenía uno ortopédico.

Nos dieron la autopsia, y lo ponía, pero no nos molestamos en leerla.

Arianna estaba condenada a ser asesinada al haber aceptado vivir entre esas paredes.

Y ella lo sabía. Y sabía que iban a por Alec.

De tal manera, que ya muerta, sólo quería protegerlo.

Mi mujer y yo nos quedamos petrificados.

Y más aún cuándo el olor a podredumbre aumentó.

Un séquito de  fantasmas subían por la escalera, unos reían con maldad, otros simplemente, se preparaban para atacar.

Cogieron a mi esposa sin tocarle, y la lanzaron al otro lado de la habitación.

Me sostuvieron en el aire, y me lanzaron con ella.

 Entonces dos niñas unidas por la cintura, aparentemente adorables, se apresuraron a venir hacia nosotros. Yo cogí a mi mujer y las esquivé, solo pensaba en coger a mi niño.

Los espíritus se apoderaban de Alec, que no paraba de llorar.

Pero uno de ellos portaba un libro, al niño lo sostenían en el aire, y Arianna luchaba por cogerlo.

Más no se pudo hacer nada… Una joven sin pierna, nos sacó del cuarto con una fuerza sobrenatural. Y la puerta se cerró.

Por mucho que intentáramos que se abriera, nada de eso sucedía, y el llanto de Alec, era cada vez más fuerte. Y de repente, paró.

La puerta cedió ante nuestros golpes, intentamos encender la luz, pero ya no funcionaba.

Con una vela y un mechero entraron temblando al desván.

Nada estaba como antes. Las horribles y repugnantes figuras habían desaparecido, se habían desvanecido.. Como Alec.

Llamamos a la policía, pero nadie nos hizo caso, nuestro hijo había desaparecido si, pero según los policías “todo apunta a un secuestro express, ya  que no han dejado rastro alguno”.

Hace diez años de esto. A veces aún escuchamos la risa, o el llanto de nuestro pequeño.

Cada cinco de octubre la puerta del desván se abre, y no se cierra hasta pasada las tres de la madrugada.

Nuestras esperanzas de que vuelva, se han ido desvaneciendo en el tiempo, como el grito de Arianna aquel cua


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